miércoles, 14 de noviembre de 2018

CUENTO Nº3:


Los tres cerditos.
“Un cuento infantil para educar en valores” 
Había una vez tres cerditos que eran hermanos, y se fueron por el mundo a buscar fortuna. A los tres cerditos les gustaba la música y cada uno de ellos tocaba un instrumento. El más pequeño tocaba la flauta, el mediano el violín y el mayor tocaba el piano...
Su vida podría ser tranquila y feliz, de no ser por el lobo feroz, que siempre que tenía hambre intentaba comérselos.
- Construiremos una casa, así podremos meternos dentro cuando venga el lobo y estaremos a salvo de sus fauces. - dijo el mayor de ellos.
A los otros dos les pareció una buena idea, y se pusieran manos a la obra, cada uno construyendo su casita.
- La mía será de paja - dijo el más pequeño-, la paja es blanda y se puede sujetar con facilidad. Terminaré muy pronto y podré ir a jugar.
El hermano mediano decidió que su casa sería de madera:
- Puedo encontrar un montón de madera por los alrededores, - explicó a sus hermanos, - Construiré mi casa en un santiamén con todos estos troncos y me iré también a jugar.
El mayor decidió construir su casa con ladrillos.
- Aunque me cueste mucho esfuerzo, será muy fuerte y resistente, y dentro estaré a salvo del lobo. Le pondré una chimenea para asar las bellotas y hacer caldo de zanahorias.
Cuando las tres casitas estuvieron terminadas, los cerditos cantaban y bailaban en la puerta, felices por haber acabado con el problema:
-¡No nos comerá el Lobo Feroz! - ¡En casa no puede entrar el Lobo Feroz!
De detrás de un árbol grande surgió el lobo, rugiendo de hambre y gritando:
- Cerditos, ¡os voy a comer!
Cada uno se escondió en su casa, pensando que estaban a salvo, pero el Lobo Feroz se encaminó a la casita de paja del hermano pequeño y en la puerta aulló:
- ¡Soplaré y soplaré y la casita derribaré!
Cuento sobre la perseverancia para los niños
Y sopló con todas sus fuerzas: sopló y sopló y la casita de paja se vino abajo. El cerdito pequeño corrió lo más rápido que pudo y entró en la casa de madera del hermano mediano.
- ¡No nos comerá el Lobo Feroz! - ¡En casa no puede entrar el Lobo Feroz! - cantaban desde dentro los cerditos.
De nuevo el Lobo, más enfurecido que antes al sentirse engañado, se colocó delante de la puerta y comenzó a soplar y soplar gruñendo:
- ¡Soplaré y soplaré y la casita derribaré!
La madera crujió, y las paredes cayeron y los dos cerditos corrieron a refugiarse en la casa de ladrillo del mayor.
-¡No nos comerá el Lobo Feroz! - Cantaban los cerditos.
El lobo estaba realmente enfadado y hambriento, y ahora deseaba comerse a los Tres Cerditos más que nunca, y frente a la puerta bramó:
- ¡Soplaré y soplaré y la puerta derribaré!
Y se puso a soplar tan fuerte como el viento de invierno Sopló y sopló, pero la casita de ladrillos era muy resistente y no conseguía su propósito.
Decidió trepar por la pared y entrar por la chimenea. Se deslizó hacia abajo... Y cayó en el caldero donde el cerdito mayor estaba hirviendo sopa de nabos.
Escaldado y con el estómago vacío salió huyendo hacia el lago Los cerditos no le volvieron a ver.
El mayor de ellos regañó a los otros dos por haber sido tan perezosos y poner en peligro sus propias vidas, y si algún día vais por el bosque y veis tres cerdos, sabréis que son los Tres Cerditos porque les gusta cantar:

- ¡No nos comerá el Lobo Feroz! - ¡En casa no puede entrar el Lobo Feroz!
FIN
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CUENTO Nº4:
El pastor que hablaba con los animales

La leyenda cuenta la historia de un noble pastor que tenía el don de hablar con los animales. El pastorcillo tenía una novia a la que quería mucho, pero como no tenía dinero para casarse con ella, un buen día decidió salir por el mundo en busca de fortuna.
Tras varias semanas de duro andar, el noble pastor llegó a una granja apartada en el bosque con la intención de pedir trabajo. “Pastorea mis ovejas y te daré cuatro monedas al día”, le dijo el dueño de la granja sin más dilación, y enseguida se puso el joven a cuidar a sus ovejas por el prado.
A las pocas horas de encontrarse en aquel lugar, el pastor tuvo una rara sensación, y al volver la vista hacia atrás, descubrió que un inmenso fuego se había apoderado de la pradera. Con gran voluntad, el joven pastor trató de apagar las brasas ardiendo, y justo en ese momento descubrió que en lo alto de un bosque, atrapada por las llamas y casi moribunda por el humo, reposaba una víbora enroscada en las ramas.
Pese a que las víboras son animales muy peligrosos, el pastor tenía un corazón bondadoso, y con mil y un trabajos logró poner a salvo al animal. Para sorpresa del pastor, la víbora podía hablar, y tan pronto se recuperó, le dijo:
“Gracias, noble muchacho. No sólo has salvado mi vida sino la de muchos animales que habitan en este lugar. Por ser tan noble y bueno te concederé el deseo que me pidas”. Por supuesto, el pastorcillo deseaba tener dinero para casarse con su novia, pero en cambio, le pidió a la víbora el don de hablar con los animales.
“Es algo peligroso lo que me pides, joven, pero haré tu sueño realidad. No obstante, debes saber que si algún día revelas este secreto, caerás muerto al instante”, y dicho aquello la víbora dio dos vueltas en el suelo y desapareció al instante del lugar. El pastor, sin creer aun lo que había pasado, decidió acercarse a las ovejas que estaba pastoreando para comprobar si podía entenderlas.
Para su sorpresa, las cabras conversaban animadamente y refunfuñaban porque el joven las había abandonado a su merced. “Este muchacho es un atolondrado. Si nos sigue abandonando así terminaremos devoradas por el lobo”, pero el pastorcillo no demoró un instante en contestarles: “No se preocupen queridas cabras. A partir de ahora no las dejaré solas nunca más”.
Las cabras se miraron unas a otras confundidas al ver que el pastor les había hablado, pero tan pronto las devolvió a la granja, el joven decidió entonces tomar una merecida siesta. Cuando por fin se encontraba descansando a la sombra de un frondoso árbol, dos gorriones se posaron en las ramas y comenzaron a conversar.
“¿Quién pudiera decirle a este chico que bajo la tierra donde descansa se encuentra escondido un gran tesoro?”, y no más escuchó las palabras de los gorriones, el pastor se puso a cavar de inmediato. Como en efecto, al poco tiempo, el joven encontró un cofrecillo dorado repleto de joyas y monedas de oro.
“¡Soy rico!” gritaba campante el pastor mientras se marchaba camino a casa para darle la buena noticia a su amada. En poco tiempo, la pareja se casó por todo lo alto y pudieron comprarse una granja hermosa donde vivieron muy felices por largo tiempo.
Sin embargo, un buen día, mientras el pastor se disponía a arar la tierra, pudo escuchar cómo el burro le decía al buey: “Si no quieres trabajar tanto, pégale un cabezazo al amo y te dejará tranquilo”. Pero el pastorcillo decidió entonces arar la tierra con el burro, y tanta gracia le dio aquello que no pudo resistir la risa y sus carcajadas se hicieron oír en toda la granja.
La mujer del pastor, tan pronto oyó las risas de su marido salió en busca de este para reclamarle. “Y tú, ¿Por qué te ríes tanto? Cuéntamelo ahora mismo”, pero el pastor no podía revelarle su secreto, pues de ese modo moriría para siempre como le había advertido la víbora.
“Está bien, mujer. Te lo contaré cuando llegue la noche”, le dijo el pastorcillo con tal de ganar tiempo para pensar en una respuesta. Sin embargo, a la caída del Sol, el joven se sentó a la mesa para disfrutar de la rica y olorosa sopa que su mujer le había preparado, y fue entonces cuando tuvo una brillante idea.
“Y bien, ¿Me contarás por qué te reías solo en el medio de la pradera?”, le dijo su esposa en tono desafiante, mientras el pastorcillo se llevaba a la boca una cucharada de sopa hirviendo. Tan caliente estaba aquella sopa que el pastorcillo se quemó la lengua y no pudo decir palabra alguna, y cuando se vino a recuperar, ya su mujer se había olvidado por completo del asunto.

 FIN
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CUENTO Nº5:


El pájaro flautista
En un lugar muy lejano llamado Pentagrama, habitaban animales que podían tocar instrumentos musicales. Los pájaros, los conejos, los zorros y los osos, cada uno de ellos llevaba su instrumento colgado en el cuello, y a cada minuto del día, entonaban bellas y agradables melodías que alegraban todo el bosque.
En aquel lugar, vivía un pájaro flautista muy popular que todos admiraban por su talento. El pájaro era invitado a todas las fiestas y siempre animaba a todos a su alrededor entonando canciones maravillosas con su flauta. Cuando daba conciertos, los tickets se agotaban en instantes, y las personas se abarrotaban cerca de la entrada para poder admirar la gracia con que el distinguido pájaro manipulaba la flauta.
Cierta mañana, el pájaro despertó como de costumbre en su habitación y, cuál fue su sorpresa al encontrar que su preciada flauta ya no estaba. ¿Cómo iba a poder interpretar sus bellas canciones? ¿Quién habría podido ser capaz de robarle su querido instrumento?
Entre sollozos y sollozos, el pájaro descubrió una nota muy extraña sobre la puerta de su casita: “Hemos tomado tu flauta y no podrás tocarla nunca jamás. Serás la burla de todo el reino”. Al leer aquella nota, las patas endebles del pájaro comenzaron a flaquear, sintió un nudo en su garganta y no tuvo más remedio que inventar un catarro para poder justificar su ausencia en los conciertos que le esperaban aquel día.
Tras una semana de agonía y lento pesar, el pájaro decidió llamar a sus tres amigas las urracas. “No lo podemos creer. Que crimen tan horrendo”, exclamaron al unísono las urracas revoloteando de furia. “Por favor, amigas, ayúdenme a recuperar mi flauta”, sollozaba el pájaro con las alas en la cabeza.
“No queda otro remedio que buscarla en todos los rincones del reino. Incluso debajo de las piedras”, dijo una de las urracas y todos estuvieron de acuerdo. Sin tiempo que perder, el pájaro se disfrazó de flor, una urraca de gusano, otra de cucaracha, y la última se disfrazó de roca, y así salieron cada uno por su lado en busca de la flauta.
El pájaro vestido de flor visitó todos los teatros y los lugares donde tocaban los animales, pero ninguno de ellos tenía su flauta. Al cabo de los días, cansado de tanto buscar, el pobre pájaro se dio por vencido. “Esto es todo. No busco más”, y dicho aquello se retiró a su casa para llorar de tristeza.
Mientras tanto, la urraca disfrazada de gusano visitó los talleres de instrumentos en busca de una flauta llegada recientemente. Sin embargo, anduvo por horas entre violines, pianos y tambores, y tampoco tuvo buena suerte con su búsqueda. “Me cansé de buscar”, gritó quitándose el disfraz y volviendo a casa de su amigo el pájaro.
Del otro lado del reino, la urraca disfrazada de cucaracha tampoco pudo regresar a casa con buenas noticias. Tras largo tiempo visitando las tiendas y los mercados, no pudo encontrar a nadie que estuviese vendiendo una flauta, así que regresó por el mismo camino a casa de su amigo el pájaro.
Finalmente, la tercera urraca disfrazada de roca, se quedó inmóvil en un solo lugar del bosque, y aunque pasó largo tiempo sin probar bocado ni poder estirar sus alas, un buen día escuchó a dos topos que cuchicheaban atentamente escondidos en la yerba.
“¿Estás seguro de que nadie nos escucha?”, preguntó el topo más pequeño. “No te preocupes, estamos solos”, contestó el segundo más gordo y viejo. “Pronto echarán del reino al pájaro flautista porque no tiene su instrumento” “Al fin nos libramos de ese idiota”, decían los topos riéndose en voz baja.
Pero, lo que no sabían aquellos bribones era que la urraca disfrazada de piedra los estaba escuchando, así que regresó rápidamente a casa del pájaro para contarle lo sucedido, y una vez que llegaron a casa de los topos, esperaron a que estos se quedaran dormidos para entrar y quitarles la flauta que tanto había añorado el pájaro.
Cuando cayó la noche, y tal como habían planeado, los cuatro amigos se colaron en la casita de los topos que roncaban y roncaban sumidos en un profundo sueño. Después de andar un rato buscando la flauta por fin la encontraron, pero ya era demasiado tarde. Los topos se habían despertado y habían trancado la puerta para que el pájaro y las tres urracas no pudieran salir.

Asustado y temeroso, el pájaro tuvo entonces una brillante idea. “Tocaré mi flauta como solo yo lo sé hacer y las personas de todo el reino vendrán enseguida a rescatarnos”. Y así lo hizo el pájaro flautista. Tocó y tocó melodías hermosas y pronto la guarida de los topos se repletó de animales que corrían a escuchar las canciones del pájaro. Cuando llegaron al lugar, los habitantes de Pentagrama rescataron al pájaro y las urracas, y los topos recibieron un buen merecido por haberse robado la flauta.

FIN
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